(De las glorias de Santa Teresa de Jesús)
En el año de Nuestro Señor, se cuenta que en este santo cenobio Carmelitano de San Juan Bautista de Teruel, que era el décimo primer convento que la Santa de Tormes fundaba en estepas de Las Españas, las carísimas y virtuosas hermanas recibieron por esos días previos a las vísperas de la cuaresma de Ntro. Señor, la gran dicha de la visita de la fundadora. Solía Santa Teresa estar solícita a sus queridas hijas para que recibieran los tan necesarios estipendios sacramentales de ejercicios espirituales para su ferviente crecimiento en la fe cristiana y en la sugerida vocación y entrega al Carmelo. No pudieran vivir privadas de esta lluviosa tempestad de gracias, que con tanta venerable pasión, inspiró Ntro. Señor crucificado, allá en el monte pobre y desnudo, y que confió a nuestra Superiora General de las Descalzas al oído, con la ayuda espiritual del Rvdo. Padre confesor San Juan de la Cruz.
La madre, llegaría exhausta la tarde del viernes, como acostumbraba, detrás del carruaje que la orden disponía para largos trayectos entre provincias. Era Santa y testaruda a la vez. Desobedeciendo las constantes indicaciones del confesor, que no solo velaba por la salud del alma, sino del cuerpo, la venerable madre, prefería hacer parte del trayecto a pie junto a algunas de sus hijas y sirvientes que su hacedor tío, el Señor Duque de Ahumada, le proveía para garantizar su seguridad de villanos y asaltantes por esos parajes inciertos.
Cuando llegaba aquejada del dolor de sus abatidos pies descalzos, con amplia sonrisa a sus hijas, a las que hace tiempo no veía, algunas hermanas la sentaban en mitad del claustro y confortaban lavando sus pies desfigurados como en la última cena, con el alivio de agua caliente y plantas balsámicas que la hermana del herbolario le colocaba.
Cuando la Madre Superiora de la casa le increpaba con dulzura por tales tormentos y achaques con que mortificaba su cuerpo, que estimaba innecesarios o excesivos tales silícios para una beata tan sobrada de virtudes como ella, esta, con evangélica vehemencia a su hija respondía:
-"Hija..., el evangelio habla de mortificarse por Dios y por los hombres. ¿Es vuestra caridad más instruida que el propio Señor para tomar esas osadas decisiones? Quien nos priva del dolor, es emisario del diablo".
Tras la emotiva celebración de la Santa Misa, donde las hermanas dispusieron de preciosas flores sobre el altar, y la instrucción espiritual de la Santa, la comunidad de descalzas se reunió en el refectorio a las dos de la madrugada para disponer de algunas viandas y caldos que templen el cuerpo de una arrodillada expiación en la estancia húmeda de la capilla románica.
Después de degustar del bocado dulce del recetario árabe, las hermanas marcharon en silencio, haciendo voto de obediencia para el descanso nocturno y en recogida oración.
Santa Teresa, que era parca en complacer las cosas del cuerpo, arrastraba dificultades para el descanso. Tan sólo dormía una hora en la noche, hasta entrar al coro para los rezos de las cinco de la mañana. Su cabeza, siempre fue una pizarra donde bosquejaba sus ideas literarias e inspiraciones dictadas por el mismo Altísimo. Resultaba imposible darle sosiego a su maquinaria interior.
La noche del sábado. Se sentía fatigada por la sopa de ajos, a los que no toleraba en demasía por su achacoso estómago, y decidió aguardar en oración en mitad de la capilla en completa oscuridad. Tenía por lema decir: "que a Dios se le ve mejor desde dentro, sin pábilos prendidos que quieran imitar la luz que trae consigo el amado".
En mitad de la densa oscuridad, bajo una tosca manta, se ocultó cabizbaja esperando que hiciera acto de presencia su amadísimo Señor.
Al instante, aprovechando la serenidad de la noche, una piedra entra veloz por la vidriera de la minúscula capilla, rompiendo en mil pedazos el cristal de la alegoría del bautismo del Señor. Ella, no parecióse asustarse por el estruendo del vidrio, ya andaba pérdida en las sendas de la oración. El mundo, ya era algo ajeno a su percepción.
Tras la violenta piedra, unas manos tratan de subir por el hueco del ventanal. Eran dos ladrones que trataban de llevarse un cáliz dorado, regalo del Señor Duque a su sobrina y que estos tunos pícaros, habían visto en misa durante el día a través de las rejas de las hermanas.
Los ladronzuelos, una vez dentro del santo recinto, sin hacer ruido, caminan hasta el altar para acceder al Sagrario del Santísimo. Al abrir las cortinas del Sagrario, uno de ellos, con grandes ojos de sorpresa, señala al fondo de la capilla sin decir palabra ante su estado de alteración. El otro ladrón, vuelve la cabeza y queda contagiado del estado de estupefacción de su amigo. Allí, estaba ella. La Santa mística, levitaba del suelo a unos metros en su estado de éxtasis catártico.
Asustados los dos ladrones, tratan de huir despavoridos. Mientras trataban de trepar hasta la ventana, una voz les grita desde el otro extremo de la estancia:
-¿Quienes son vuestras mercedes? ¿Cómo tienen la osadía de entrar al hogar de estas humildes esposas de Dios?
Al volverse los dos intrusos, ya la venerable estaba en pie en mitad del pasillo central del templo. Les dice ella acercándose con total parsimonia y sin temer la respuesta de unos forajidos:
-Vengan aquí, hijos míos. Salgan por la puerta que pueden hacerse vuestras mercedes daño con esos cristales.
Los ladrones se miran sin entender nada de esa extraña respuesta con dos desalmados.
Santa Teresa, tras preguntarles quienes eran y las causas por las que hacían esos pecados, acabó dando sabio consejo a los hombres y advirtiéndoles encarecidamente que se vuelvan al camino de la vida cristiana y dejaran de acometer tales actos que tanto ensucian el alma.
Aquellos hombres lloraron como niños ante las palabras de dulzura de una madre que les reprendía con amor. Arrepentidos, prometieron a la Santa de Tormes vivir de cara a Dios y buscar un medio de subsistencia honrado.
Como pago de aquellas sinceras lágrimas, la Santa se ausentó un instante a la cocina del convento para traerles algo de comer a los dos hombres. Tras ingerir de un sabroso queso manchego y del vino dulce que tenía San Juan de la Cruz en la sacristía, les abrió el portón principal para despedirles y darles la bendición.
Y así fue como dos ladrones arrepentidos, como Dimas y Gestas, volvieron a casa con un nuevo espíritu de converso al verdadero camino de la salvación.
Santa Teresa, cuya humildad era su espina dorsal, jamás comentó lo sucedido esa noche del sábado en la capilla mientras rezaba en mitad de su idilio. Tan solo lo habló con su confesor San Juan de la Cruz, quien recogió la presente florecilla y gloria de la Santa para venerar su cuerpo en el día de su santo entierro y marcha con su amado esposo. Cuatro de octubre de mil quinientos ochenta y dos. Para gloria de Santa Teresa de Jesús y su familia de descalzas.
(Esta, es una obra de ficción)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Su opinión me interesa.