Hace ya cinco años que tropecé por desgracia con esa compañera de trabajo en la oficina, que me aconsejó la compra de una vieja casa adherida a la suya. Supo de mi intención de comprar un hogar tranquilo para huir del insoportable ruido de vecinos del edificio, y pensó en esa abandonada casa semi derruida anexa a la suya. Ésta, quedó abandonada por un par de hermanos tras la muerte de su anciana madre. Por extrañas razones, que sólo ellos sabían, jamás decidieron ocuparla, quedando en desuso y cerrada durante décadas.
Reconozco, que al principio, derroché una desbordante ilusión en los días previos a la reforma del que sería mi hogar. Contaba con la incuestionable ayuda de mi hermana Emilia. Ella era arquitecta, y de las buenas. Me había planteado en planos una mejor redistribución del espacio del frío lugar con una mínima inversión.
Emilia, sabiendo de mi poco tiempo libre en la oficina, me propuso que me despreocupara de todo. Ella, que disponía de tiempo libre, pues trabajaba la mayor parte del tiempo desde casa, se dedicó a coordinar al equipo de profesionales de la reforma.
Recuerdo que en ocasiones, Emilia me decía que no le gustaba nada ese inmueble. Decía estar acostumbrada a estar en viejos hogares y jamás sentir el frío que la inundaba esas siniestras paredes. Una vez que marchó el grupo de albañiles, ella decidió quedarse en la casa para tomar las mediciones de las estancias superiores. Según me contó emocionada, dijo haber visto a una anciana en mitad del pasillo observándola. Ella, que es incrédula a cuestiones de fantasmas, enseguida buscó un atajo a su cuestión, alegando que tal vez fuera una de las vecinas del entorno, que movida por la curiosidad, tal vez se introdujera en la casa, pues decía que la puerta principal estaba casi siempre abierta.
Habían pasado ya tres meses de la insoportable reforma de mi futura casa. Había adaptado mis muebles modernos en contraste con algunos de los viejos muebles de la anterior propietaria, que entraban en el precio del inmueble. Todo estaba precioso. Tenía amplios ventanales de luz en todas las estancias. Desde la cocina, tenía una amplia puerta de dos hojas que daban a un hermoso patio adaptado a jardín florido. Me costó gran esfuerzo replantan los miles de recipientes de secas macetas que colgaban de sus paredes.
En un lateral del espacio abierto, un hermoso pozo revocado de cal y forja.
Emilia me ayudó a colocar los muebles del dormitorio. Ella no entendió que me deshiciera de mi actual cama. Un hermoso mueble de elevado precio que compré en unos grandes almacenes de Barcelona y que tuve que regalarle a ella, que siempre le gustó. Yo, me había encaprichado lamentablemente, del viejo conjunto dormitorio que traía la propia casa. Jamás pensé que mi pasión por lo vintage, me jugara tan mala pasada.
Era el día inaugural en el que pasaría mi primera noche. Para celebrar la inauguración, había comprado unas botellas de champán y cenamos Emilia y yo. Luego, decidimos ver una peli juntas, como hacíamos en nuestra adolescencia. No pudo quedarse a dormir porque tenía que madrugar temprano y la ubicación de la casa, estaba muy alejada de su puesto de trabajo.
Tras agradecerle su esfuerzo y colaboración en forma de abrazo, salí al porche de la casa para despedirla. Era una calle poco iluminada y quería asegurarme que subía al coche. Tocó su claxon y levante mi mano con gesto de adiós. Luego, volví a entrar a la casa. Cuando cerré la puerta y observé ese incómodo silencio, del que no estaba acostumbrada, respiré profundamente agradecida de no volver a oír la discusión de mis antiguos vecinos de al lado que solían taladrar mis oídos.
Estuve leyendo en la cama. Me sentía una emperatriz en un legendario camastro artesanal de exquisita elaboración en sus maderas y molduras.
Mi compañera de trabajo, y ahora vecina, me contó que la hija de la propietaria le confesó en una ocasión, que esa cama, era todo un monumento histórico de la familia. Decía que en ella, habían venido al mundo los hijos de cuatro generaciones, incluida ella y su hermano. La duda me invadió ante el cariño que tenían a ese mueble y que se desentendieran de él, dejándolo en la casa.
También supe, (y no por ella), que en esa cama precisamente, había fallecido la madre de ellos. Una octogenaria que padecía de pulmón desde hacía años y estuvo recluida en el camastro donde le traían la comida y pasaba horas oyendo una vieja radio para distraerse.
El bostezo, auguraba el gran cansancio de todo el día. Dejé mi libro sobre la mesilla y pulsé la vieja perilla reutilizada del precioso aplique de pared.
La luz tenue de la noche, inundó la oscura estancia. Hacía calor y dejé las contraventanas del balcón entreabiertas. La suave brisa del relente, hacia moverse los pliegues del visillo.
Poco a poco, fui entrando al primer estadio del sueño. El viejo reloj de pared, que también rescaté de la casa, sonó en mitad de la noche. Marcaban las cinco de la mañana. Al no estar habituada al sonido del carrillón, me volteé hacia el otro lado de la cama. Una brisa fría sentí en mi rostro. Tras ese misterioso aire helado, vino un extraño jadeo repetitivo y la tenue voz de un locutor de radio. Parecía un viejo eco rescatado del tiempo.
Lentamente, fui saliendo de mi estado de sueño profundo al no identificar ese ruido con nada. Abrí los ojos, y ahí estaba ella. La enferma anciana que estuvo encamada allí durante años.
El miedo se apoderó de mí de tal modo, que el impacto de ver aquel ser arrugado con ojos tan abiertos y expresivos, hizo que mi cuerpo no reaccionara a ningún impulso. Estaba aterrada y aún así, no pude gritar ni tratar de levantarme de la cama. Solo quedé ahí, forzada a observar al espectro de aquella mujer entubada por la nariz y de aspecto desaliñado que distaba dos palmos de mí. Los extraños ruidos, se hicieron más fuertes. Era la angustiosa respiración de una pobre mujer que se ahogaba. Por sus ojos, intuí que ella estaba igual de asustada que yo al ver a una intrusa dentro de su cama.
Como pude, estiré mi mano temblorosa hasta la perilla de la luz. Al prenderla, esa terrorífica mujer había desaparecido del otro lado de la cama. Sobre la almohada, habían quedado cabellos blancos como muestra de que lo sucedido, no había sido fruto de ninguna pesadilla.
Me levanté, y vistiéndome, tomé lo imprescindible y me marché al coche. Conduje hasta las afueras de la ciudad y estacioné en un modesto hotel de carretera. Ya acostada en esa habitación, me pareció el más confortable de los hoteles. Me quedé dormida enseguida.
A la mañana siguiente, tras contar lo sucedido a mi hermana, decidí poner en venta la casa. Jamás me hubiera atrevido a volver a entrar en ella. Me había sentido como una okupa que usurpaba el hogar de una enferma anciana.
A raíz de todo esto, jamás tuve la intención de restaurar una casa con historia. Descubrí, que la gente no se va del todo de ellas. Nunca dejan de estar deshabitadas. Aquella cama, seguía albergando el descanso de una impedida enferma pulmonar.

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