Su vida era un tanto mediocre hasta tropezar con aquel casting en la agencia publicitaria de la Gran Vía madrileña.
Se levantó bien temprano para estar puntual a la cita, pues disponía del número veintitrés en la larga lista, y debía cruzar toda la ciudad desde su casa en Fuenlabrada.
Esa mañana se acicaló de manera especial, y no era para menos. Tenía puesta todas sus esperanzas laborales en aquella oportunidad que le brindaba la vida. Llevaba varios años en desempleo y no tuvo suerte para encontrar algo estable, más que servir de refuerzo hostelero los fines de semana en el bar de su barrio.
Mientras su padre todavía dormía, se levantó con sigilo al baño de abajo para retocarse las patillas y cejas y darse ese toque de cabello húmedo con el gel gomina. No le hacía falta demasiado énfasis en su acicalado, pues era un joven bien apuesto que llamaba poderosamente la atención de su entorno.
No llevaba mucho dinero para desayunar cerca del lugar de la oficina, por lo que decidió llevarse un par de manzanas para el trayecto del metro. Tenía pensado a la vuelta del casting, llamar a su mejor amigo para que le hiciera el favor de acercarle de nuevo a Fuenlabrada. Sus bolsillos hace tiempo que solo portaban algunas monedas de poco valor.
Ya estaba tan nervioso aguardando su turno tras un chico pelirrojo que tenía sobre el pecho un adhesivo con el número veintidós. Cuando uno de los técnicos de producción llamó al chico de pelo rojo, este salió apresurado, como queriendo mostrar sus múltiples cualidades ante aquel estricto jurado de pocas palabras, que sólo decían sí o no. Al poco, el chico volvió entristecido. Algo no debió de salir bien cuando fue rechazado para la prueba apenas unos segundos de mostrarse tras el fondo blanco cegado de focos.
Una ayudante del equipo solicitó el turno del número veintitrés. Le dijo que lo siguiera. Mientras caminaba tras ella le preguntó por qué algunos apenas abrían la boca, siendo descalificados. La joven vestida de negro y carpeta se vuelve, y con discreta respuesta, le dice que buscan el perfil concreto de un chico con aires mediterráneo. Algo así como un muchacho de aspecto francés o italiano.
Tras colocarse ante el equipo de grabación, el muchacho responde algunas preguntas de cultura general y le solicitan que se posicione en varias direcciones para apreciar sus perfiles ante la cámara.
El director del casting se levanta de su silla y solicita a su ayudante algo. Eran unas gafas de sol. Acercándose al chico le dice con forzada simpatía que se las pusiera. Él, accede rápidamente a colocárselas. El director lo mira fijo y busca cómplice la mirada de su secretaria como si le hablara mentalmente. Esta reacciona álgida acercándose al postulante y pidiéndole que le siguiera.
Todavía estaba algo confuso a pesar de que se dejaba entrever que había pasado el casting.
Mientras seguía a la chica a sastrería, le pregunta esta su tallaje, anotándolo en su inseparable carpeta. (...)
Han pasado muchas cosas desde aquel casting. Aquel joven de poca estima por el prolongado desempleo ya no se asemeja al resultado obtenido tras ese trabajo publicitario.
Le llovieron las ofertas de trabajo, e incluso tiene su propio representante artístico. Ahora dispone de talonarios de cheques en el bolsillo de su flamante Armani.
Suele llegar tarde a casa, pues se divierte hasta altas horas en múltiples fiestas de alto copete.
Ahora todos lo miran con asombro por las calles de Madrid, mientras exclaman: "¡es él. El chico del Martini! ".

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