martes, 9 de abril de 2024

ORIGEN DE LA SEMANA SANTA


Son muchos los que desconocen el origen de algunas festividades de índole religioso en nuestro país, y que como en todo, poseen una raíz derivada de nuestra historia. Tal es el caso de la Semana Santa. Una celebración católica/religiosa cuyo origen primigenio tomaba forma desde el Concilio de Nicea I (año 325) parece instaurarse en la capital hispalense, y extendiéndose con posterioridad en procesiones de santos por todo el orbe. Expondré con firmes argumentos las claves para descifrar esta representación creada por el clero medieval, para promover la piedad religiosa, y que tiene su origen o patrón de inspiración en el Tribunal del Santo Oficio, también llamado como Santa Inquisición.
Aunque en síntesis la Semana Santa representa para los cristianos aquella conmemoración anual de la pasión de Cristo, diferenciada en los distintos acontecimientos o escenas redentoras de Cristo: “La entrada a Jerusalén”, “La última cena”, “El viacrucis”, “La muerte y resurrección” de Jesús de Nazaret, esta comienza el anterior, llamado “Domingo de Ramos”, y culmina al domingo siguiente, denominado de “Resurrección”. La fecha de su comienzo oscila entre los meses de marzo y abril. Esto no quiere decir fidedignamente que dicha fecha coincida en el calendario con las fechas hebraicas exactas de la muerte y resurrección de Cristo, pues en el mencionado Concilio se decretaba entre las distintas partes religiosas, que la mejor fecha para conmemorar la obra redentora de Cristo, fuera el primer domingo tras la primera luna llena de la primavera.
La devocionaria tradición de exhibir los santos por las calles de las ciudades españolas, se extendería desde un núcleo central establecido de forma pionera entre las provincias de Sevilla, Córdoba y Málaga, y propagándose al resto de la península.
La prueba más irrefutable de este aculturamiento devoto/religioso que fue sugerido por el Santo Oficio a los monarcas de entonces, la tenemos en la vestimenta utilizada y readaptada del llamado “capirote” de nazareno, que en su origen fue un elemento diseñado para el escarnio público en los llamados Autos de Fe. El por qué se asocia La Semana Santa como la celebración insigne de la ciudad de Sevilla, es porque de igual modo, coincide con la instauración de la Santa Inquisición española en esta capital, junto con la vecina Córdoba. A pesar de que su origen viniera del sur de Francia en torno al año 1184, para erradicar la herejía de Albigenses o también llamados cátaros, ya en el año 1249 pasaría a establecerse en el reino de Aragón y posteriormente en el castellano. (1478-1834)
Sería necesario diferenciar la llamada “Inquisición Romana y Universal” (creada en el año 1542 para combatir la herejía Alemana y Suiza, por el papa Paulo III, el convocante al Concilio de Trento), con la llamada “Inquisición Española”, implantada por la Corona castellana en el año 1478 bajo bula del pontífice Sixto IV, donde por medio de un fraile dominico de la ciudad de Sevilla, llamado Fray Alonso de Ojeda (primo hermano del conquistador), logró convencer a la reina Isabel I de Castilla durante su estancia en la capital en torno a los años 1477 y 1478, de ciertas prácticas judaizantes celebradas de manera oculta por los judeoconversos de Sevilla y de toda Andalucía. Aquella sugerencia o petición a su majestad, comenzó a fraguar importancia con el respaldo a tres bandas del arzobispo de Sevilla, Don Pedro González de Mendoza y ese otro dominico llamado Tomás de Torquemada, que pasaría a ocupar el cargo de oficio de Inquisidor General.
Por esta razón, bajo la autorización de los monarcas, se readaptaba ese tribunal inquisitorio ya establecido en otros lugares, para la expresa función de detectar a los falsos conversos(marranos), que se introdujeran en los territorios castellanos.
En la partida de aquella bula pontificia, se establecía la persecución de herejes, con el fin de conducirlos a la abjuración. Si desistían de abrazar el catolicismo y se obstinaran en sus creencias y prácticas judaizantes, podían ser entregados al verdugo y perder la vida. Los reos del Santo Oficio desde que se iniciaba el proceso judicial, eran desprovistos tanto de su estatus y dignidad social, como del total de sus bienes. Sería al gobierno de Fernando III cuando se endurecieron las penas a los condenados por herejía con castigos físicos como el marcado con hierro candente.
Muchos historiadores defienden la hipótesis de que el verdadero interés de dar poderes al Santo Oficio por parte de los reyes católicos, se debía al control de disponer del influente poder económico establecido por las élites judías existentes en tierras de Castilla (ante una decadente economía propiciada por las contiendas bélicas, como la conquista de Granada, que vaciaron las arcas de la corona). Todo ello, potenciado bajo la presión ejercida por la dominación musulmana establecida en el sur de España, con el reino Nazarí de Granada, las juderías sevillanas y cordobesas, Valladolid y en Aragón, las tierras catalanas.
Este entramado de poder curiosamente financiaba a muchos de los monarcas europeos de la época, entre los que destacaban los banqueros y literatos Luis de Santángel (financiador del proyecto colombino), Gabriel Sánchez, Juan de Mena y Juan del Enzina, Alfonso de Palencia y Diego de Valera, entre muchos otros.
Se dice que en Sevilla, Córdoba, Valencia y Barcelona, serían asesinados cientos de judíos y siendo destruidas sus aljamas y otros edificios de poder y culto. En un principio, la actividad de la Inquisición se limitaría a las diócesis de Sevilla y Córdoba, donde fray Alonso de Ojeda denunció el foco de conversos judaizantes sevillano. De este modo, el primer auto de fe se celebraba en Sevilla un 6 de febrero de 1481, en el que serían quemadas vivas seis personas. El sermón había sido pronunciado por el mismo Alonso de Ojeda, promotor de la Inquisición. La presencia de este órgano de gobierno religioso se desarrollaría en el año 1492, en la existencia de tribunales instituidos por cada ciudad castellana: Córdoba, Ávila,Jaén, Medina del Campo, Toledo, Segovia, Sigüenza y Valladolid.
Desde el siglo XV, fueron muchos los judíos que, masivamente se mantenían fieles a la iglesia católica y apostataban de su fe. Tales judeoconversos denominados en la época como “cristianos nuevos”, se establecieron en segmentos de poder e influencia en la corte con puestos de relevancia, llegando a reconocimientos por parte de los reyes, y ennobleciendo sus familias con distinciones y títulos, y “ofreciendo” algunos de sus miembros familiares a la vocación consagrada, para afianzarse así más al catolicismo y no despertar sospechas en las pesquisas del tribunal inquisidor.
En estas coordenadas históricas, en la que se trataba de promover la piedad y las cristianas costumbres entre la diversificada población, se optaría a partir del siglo XVII, esta costumbre penitencial en el rigor y esfuerzo de vivir cristianamente, y que con el tiempo, adoptarían tal tradición de escenificar la palabra de Dios en las escenas bíblicas, las hermandades religiosas de Sevilla entre otras, para procesionar por calles y plazas y de este modo catequizar visualmente, trayendo al redil a la población cristiana frente a otras religiones paganas y heréticas. No tardaría mucho en extenderse por el resto de España, con el característico atuendo de nazareno, cual símbolo representativo de aquellas otras personas que cumplían una condena, mediante una prenda talar que cubriera su pecho y espalda (la llamada manteta que se adoptaría posteriormente como escapulario de penitentes y religiosos), y un cucurucho de cartón u otro material que simbolizara la penitencia que se les había impuesto, llamado en su conjunto San Benito, por ser un tejido que estaba bendecido. Esta vestidura a modo de saco se escenificaba en ocasiones con alegorías a los pecados cometidos por el reo, o con un aspa escarlata como signo de prohibición de tal pecado que no se debía hacer(para que cundiera cual advertencia), como se venía haciendo en la califal Córdoba, no obstante con el tiempo, tales “mantetas”
originario de manta pequeña, podían expresar a los asistentes en modo de burla el fin que les esperaba a los condenados. Según recogen algunos estudiosos en la materia, también se dibujaban las llamas del infierno sobre los sacos. Si las llamas apuntaban hacia abajo, significaba que el reo sería ajusticiado con un escarmiento y se libraría de la muerte en la hoguera. De lo contrario si las llamas representadas apuntaban hacia arriba, el condenado debía morir por sus pecados sin remisión.
Las mantetas heréticas de aquellos ajusticiados, eran colocadas en los techos y paredes de las catedrales e iglesias. Se tiene constancia de la existencia de tales estandartes para el escarnio en la mezquita, catedral de Granada y en las iglesias de Santiago y El Salvador de esta misma ciudad en los años 1611 al 1821. Se sabe que entre los años 1561 y 1821, existieron algo más de medio millar de sambenitos colgados de las vigas y paredes de los templos, tan solo en la ciudad de Granada.
Es curioso como de este atuendo de la “manteta” colocado sobre el reo (que bien pudiera tener su origen toponímico en el idioma valenciano (lugar donde existieron muchos judíos), haga alusión a una popular expresión utilizada en nuestros días, como es el término: “tirar de la manta”. Hubo un arzobispo granadino llamado Don Pedro de Castro y Cabeza de Vaca (1590-1610), el cual
mantendría un largo pleito de 16 años con el Santo Oficio para erradicar la costumbre de colocar en los techos de las iglesias los cartelones de los autos de fe.
El simbolismo de estas mantetas no era otro que el de cartel informativo, ya que daba datos precisos del condenado, año en que se produjo, lugar, oficio, etc.
A través de los “familiares” del Santo Oficio (llamados así a los espías que solían indagar entre las familias hidalgas para detectar a falsos cristianos nuevos), es como se adoptaría en nuestro argot popular el dicho de “tirar de la manta”, en alusión a una cuestión oculta de la que se amenaza ser desvelada, y que pudiera afectar a otros. Esta expresión nació en la ciudad Navarra de Tudela, según el doctor Jaime Aznar, que argumenta, se desconoce la fecha exacta en la llegada de los hebreos a Tudela, aunque sí se sabe que fue coincidente con la fecha de llegada de los musulmanes y la fundación de esta cultura en la ciudad, en el siglo IX. Es por ello que Tudela pasó a convertirse en una de las ciudades con más población judía, manteniéndose en el tiempo hasta finales del medievo. Es a consecuencia de la conquista cristiana en 1119 por parte del monarca Alfonso I el Batallador, que las relaciones entre judíos y cristianos van en constante decadencia, hasta que en el año 1498, y siguiendo el mismo patrón establecido en los reinos castellanos, fueron igualmente expulsados del reino navarro.
Pues bien, en la catedral de Tudela estuvo expuesto a los fieles un gran faldón con los nombres de parientes de los condenados por herejía. Al denunciarse a un sujeto relacionado con el reo, se solía aplicar la veracidad de dicho listado de familiares para corroborar que también pertenecía a la saga judeoconversa; de ahí el por qué el “tirar de la manta” sea una frase que sugiere amenazar con sacar
a la luz tramas o acciones ocultas.
La gran población judía disponía de dos contundentes alternativas: o bien decidían marcharse, o permanecían amparados a los reinos cristianos, convirtiéndose al catolicismo y renunciando a su vieja religión judaizante. Fueron muchas familias entre las más ilustres en hidalguía del reino, las que provenían de padres o abuelos judíos y amparadas al servicio de la corona mediante la recurrente cláusula estatutaria de “limpieza de sangre”, que consistía en justificar discriminadamente a ciertos sectores influyentes de judíos y moriscos (tanto de España como de Portugal), con un documento de adopción a las instituciones de la corte con el salvoconducto de “cristianos nuevos”, y que tan solo se otorgaba a familias que pudieran demostrar que disponían de raíces vinculadas a cristianos viejos. Hacer mención a la familia del propio monarca Fernando de Aragón, la rama familiar de Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes, la familia de Lope de Vega, o los Ahumada parientes de la Santa de Tormes, entre muchos otros.
Era costumbre de aquellos siglos de persecución religiosa, el disponer en la faldiquera (bolsillo de tela o piel que se ocultaba bajo los ropajes), un trozo de tocino o manteca de cerdo para contradecir a los denunciantes que trataban de implicar al sujeto con un posible origen judío, y ser arrestado por el tribunal de la Inquisición. Como bien es sabido, los judíos no pueden, según su precepto ingerir ningún alimento relacionado con el cerdo por estar considerado este impuro. (en alusión al pasaje de las escrituras del Levítico donde se prohíbe el consumo de todo animal terrestre que no rumia, al igual que también lo consideran los
musulmanes). Otra posible explicación es que el cerdo es un animal inmundo por como los demonios hacen uso de él. Se dice en las escrituras que una legión de demonios se introdujo en una piara de cerdos, y estos se precipitaron al vacío. De este modo, el acusado de “marrano” debía disponer a mano de un trozo de grasa de este animal, a modo de pasaporte para acallar las denuncias con tan solo ingerir un trozo de este, y dejando clara evidencia de saltarse este precepto judío.
Es por ello, que según mi hipótesis, el origen toponímico de la palabra “manteca”(en referencia a la grasa de este animal), provenga de dichos atuendos Sambenitos colocados a los reos por los autos de fe, llamados tan similarmente “manteta”, pudiendo haber derivado en el tiempo sus terminologías -eta por -eca. Pues para la sociedad cristiana de aquellos siglos, el judío o morisco no dejaba de acuñar ese apelativo de “marrano”, como hombre privado de la gracia de Dios.
Esta podría ser toda una pragmática explicación del topónimo alimenticio de “manteca” “mantequilla”.
Pero volviendo al origen de este escrito, como es el origen de la Semana Santa y su paralelismo con las procesiones realizadas por el Santo Oficio, si analizamos en profundidad las múltiples similitudes en las indumentarias y boato que vemos en nuestra Semana Santa, con respecto a las procesiones que establecía el Santo Oficio, caeremos en la cuenta de que se ha secuenciado tales ritos religiosos en el tiempo, bajo otra muy distinta óptica (gracias a Dios).
Si observamos el orden jerárquico procesional de las diversas cofradías, veremos como en primer lugar puede apreciarse, tanto para la Semana Santa como para las procesiones del Santo Oficio, la cruz de guía que abre el paso de la comitiva. Esto era un signo anunciador a los ciudadanos de que aquella multitud era presidida en el nombre de Dios. Podemos observar los paralelismos entre ambas procesiones con el séquito de penitentes, originariamente los reos ajusticiados.
Aparte de la indumentaria tan similar, ambos personajes coincidían en realizar la penitencia descalzos, además de ciertos penitentes en cofradías que se fustigan. De igual modo, otro séquito de ambas procesiones era la conformada por la autoridad religiosa. Además de un último séquito que era la precedida por la autoridad civil. Es decir el acompañamiento de la guardia. Son muchas las procesiones que escenifican en sus ropajes los uniformes de soldados y guardias de época. Otros visten de este modo, siendo la propia banda de música que también acompañaban la procesión del Santo Oficio hasta el lugar para los autos de fe. Hasta la propagación del sahumerio tan característico de la Semana Santa con los aromas que exhalan de incensarios, más allá del factor místico religioso actual, en aquella época era una manera disuasoria de evadir la fuerte pestilencia de la suciedad de los pecados de aquellos condenados. Aunque desde los orígenes del hombre, este ha tratado de acercarse a la deidad con inciensos, lo cierto es que esta planta aromática llamada incienso (que viene del latín incensum, participio de incendere, "quemar", "encender") es una preparación de resinas vegetales, mezcladas con aceites esenciales de origen animal o vegetal, que desprende al arder un humo fragante con fines religiosos, terapéuticos o estéticos. Su finalidad era como perfume, usándose para mejorar el olor, aliviar el mal olor.
El primer tribunal inquisitorio que se establece en Sevilla, lo hace en el margen derecho del río Guadalquivir, en la fortaleza medieval de San Jorge, llamado así por la orden militar de caballeros establecida en él. Posteriormente, se decreta en el año 1481 que fuera la sede de la Inquisición española hasta el año 1626, precisamente por coincidir con la itinerante capital del reino y la corona, fijado por los reyes católicos en Sevilla. Y así pues, salta en el tiempo por su deplorable deterioro hasta los años 1639-1785.
El origen de la Semana Santa sevillana se remonta desde el siglo XIII, según atestigua la abundante documentación histórica en relación con las primeras cofradías. Tales grupos estaban representados por devotos fieles (en su mayoría integrantes de familias hidalgas), que promovían su piedad a los santos desde sus parroquias y conventos, muchos de ellos fundados por nobles bienhechores. Existía un cierto ahínco entre los sectores de la nobleza sevillana, en preservar las costumbres religiosas hereditarias de los primeros cristianos viejos, donde muchos parecían decaer en las tradiciones religiosas, debido al fuerte influjo de las otras culturas vecinas. De algún modo se acuerda el llevar a la calle primeramente (antes que las escenas bíblicas de Jesús), las primigenias procesiones de vírgenes para incentivar la devoción a la Stma. Virgen María bajo distintas advocaciones por la ciudad. Claro que hablamos de unas legendarias tallas de las que pocas se conservan o procesionan. El más claro ejemplo que ha pervivido hasta nuestros días como una de las piezas más antiguas del arte sacro e imaginero, es la devotamente conocida como La Virgen de los Reyes, Patrona de la ciudad y de la Diócesis de Sevilla.
Según las fuentes históricas, ya hay constatación de la procesión de esta arcaica talla, organizada por el monarca Fernando III, en una procesión triunfal en la ciudad en el año 1248, cuando esta se reconquista. De la talla no se conoce al autor, aunque se establece que fuera un imaginero al servicio de la corona, e inspirada en el encargo, a raíz de un sueño del monarca que visionó esta imagen
de la Virgen en un trono como una reina. Hay quien defiende que fue un obsequio del rey de Francia al monarca Español. Algunos defienden que la imagen fue cedida por el rey Alfonso X el Sabio a la catedral de Sevilla, como recoge la cantiga 324. Originariamente era conocida su advocación como Santa María y de Nuestra Señora de Agosto, hallándose en un plateado tabernáculo de la Capilla Real. Mi teoría para mí más plausible, pues argumenta la titularidad toponímica que se adjudica hasta nuestros días de “Virgen de los Reyes”, es que este nombre es asignado a la talla de forma popular, habiendo sido un encargo fabricado por Alfonso X el Sabio, y pasando de este a su hijo y nieto, siendo su biznieta Isabel I de Castilla quien hace la donación de la talla familiar a la ciudad de Sevilla,durante su estancia como capital del reino. Es por ello que se conocerá la imagen de la Señora en lo sucesivo como la “virgen de los Reyes”, por ser una donación expresa de la reina de Castilla, y en concreto, de los reyes católicos.
Según se argumenta, la primera procesión de la Semana Santa sevillana, sería la vinculada al Vía Crucis que procesionaba hasta el lugar conocido como “La Cruz del Campo”, donde todavía se la puede apreciar dentro de su templete en la conocida Calle Luis Montoto. La trajo desde Jerusalén en el año 1521, Don Fabrique Enríquez de Ribera, Marqués de Tarifa. Este quedó sorprendido por las doce estaciones que se celebraban en Tierra Santa, decidiendo traer dicha tradición a tierras sevillanas para procesionar desde la Casa de Pilatos hasta la Cruz del Campo.
Miguel Ángel de la Cruz Gómez
Aux. de Arqueología & Patrimonio



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