Los años se erosionan
el mundo se transforma
y en cambio, ahí estás tú,
con cruz de eterno abrazo.
Se integra a la catedral,
cual esquinero bastión...,
de columna de bronce,
observando el mundo
que fluye alrededor.
Alma de anacoreta
y rayo predicador...,
creíste en la mística
de Tormes, sentenciada
por un cruel inquisidor.
Adaptado al paisaje
como el pétalo a la flor...,
le sonríes al turista
y al músico que trueca
moneda por su canción.
Gigante de la iglesia
que quiso volar libre...,
sin ataduras de hombres
que huyen del evangelio
por vanas directrices.
Ahí seguirá el santo
luciendo viejo sayal...,
mansedumbre en la cara
de quien goza la gloria
de aquella vida, la real.
¿Qué nos dice tu pose
con la cruz en el pecho?
¿muestras acaso el amor
a un Jesús que olvidamos
al transcurso del tiempo?
¿Qué decir de tus nudos
de renuncia al ceñidor? ...,
unos votos cumplidos
por esa santa virtud
de ese gran hombre de Dios.
Sigues tu apostolado
aun inmóvil en bronce...,
pues con fe toda abuela,
al desgaste de tus pies,
pidiendo por su prole.

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