Paseando por el parque
que llaman de Castelar...,
junto al fresco estanque,
para poder descansar.
Del idílico entorno,
observo junto al margen...,
la estatua monumento
de una dama sentada
al sosiego del parque.
Parecía la guardiana
de aquel mágico vergel...,
con su porte de reina,
me acerqué a conocerla
para descubrir quien es.
Tras ver a la poetisa,
me quedé sorprendido...,
Victoria Carolina
Coronado, la mujer
de aquel dorado siglo.
A pesar del buen gusto
del escultórico trazo...,
observé su abandono,
del notorio excremento
de aves que anidaron.
Rogué a la magistral
escritora y poeta...,
los versos que inspiren,
de su resuelta pluma
dentro de mi cabeza.
Sentí como me decía
tener frío de soledad...,
con la única compañía,
estando agradecida
del posado palomar.
Ya estaba cansada
de la quietud del agua...,
no viendo niños jugar,
ni los paseos de abuelos
en bancos bajo ramas.
Apenado le dije
si la podía ayudar...,
me buscó con los ojos
mi colega de rimas,
desde su pétreo mirar.
Esbozó una sonrisa,
y así mismo me decía:
"Prometo inspirarte,
mi nuevo amigo poeta,
tras visitarme otro día".

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